No en mayo del 68, pero tan sólo unas semanas antes, ocurrieron un par de cosas memorables: nos pusieron la tele, la cantante Masiel ganó el Festival de Eurovisión. Fue por esa misma época, llena de prodigios, cuando, para decirlo con una expresión de entonces, nos metieron el agua: en mayo del 68 tuvimos en el corral de casa un grifo, un grifo único, tan admirable y tan nuevo como la televisión, y desde entonces ya no fue preciso traer el agua en cántaros, en las canteras de esparto sobre el lomo de un mulo. Abríamos el grifo y nos quedábamos mirando el chorro de agua con la misma fascinación con que mirábamos la pantalla del televisor. Todo era tan fácil, tan asombroso, tan trivial enseguida: el agua surgiendo cuando se la deseaba, las imágenes en blanco y negro en la pantalla abombada, grande, porque era un televisor de 23 pulgadas, de la marca Vanguard, coronado enseguida con un pañito de ganchillo, dotado de un pequeño adaptador cuyo piloto rojo había que apagar por las noches, con la misma precaución con que había que apagar el aparato cuando empezaban a escucharse los truenos de una tormenta próxima, no fuera a ser que nos cayera un rayo atraído por la antena del tejado.
En mayo del 68 nos quedábamos hasta las tantas mirando la televisión, embobados, alucinados, inmóviles alrededor de la mesa camilla, asustados cada vez que sucedía una interrupción, una breve avería. En mayo del 68 veíamos los grises ceniza de todos los programas y todos los anuncios de la televisión, y sólo la apagábamos cuando sonaba el himno nacional y aparecía el caudillo. Uno iba cabizbajo camino del colegio, con la cartera en la mano, cargado de sueño y pesadumbre escolar, y pensaba con orgullo: "Es verdad, ya tenemos televisión, ya tenemos el agua". También teníamos una pequeña cocina de gas butano, y una gran radio que había empezado a quedarse olvidada en su repisa de obra, tan alta como una hornacina, pero aún faltaba algún tiempo para que tuviéramos el frigorífico, que se exhibiría en la sala de estar al lado del televisor, teniendo a veces encima una de aquellas capillas portátiles con una Virgen de escayola que las vecinas de pasaban por turno, de casa en casa, siempre a la caída de la noche.
En mayo del 68, los torvos curas de mi colegio salesiano organizaban larguísimas jornadas de ejercicios espirituales, y aunque eso tenía la ventaja de que no había que estudiar, era un plomo insoportable pasarse horas y horas en silencio, o escuchando sermones sobre don Bosco y santo Domingo Sabio, o rezando rosarios. A un alumno interno, que era inglés, venía a visitarlo de vez en cuando su hermana, y al verla se le pasaban a uno todos los propósitos de pureza y de religiosidad que hubiera alentado en el sopor de los ejercicios espirituales: una chica rubia, con el pelo largo, con el abrigo corto, con una minifalda espectacular, una criatura como llegada de otro mundo, casi una aparición al fondo de uno de aquellos corredores sombríos, un relámpago de algo que nos trastornaba y ni siquiera sabíamos del todo lo que era, el deseo, la vida exterior, un presentimiento de franqueza sexual que desaparecía tan velozmente como había surgid: la hermana del interno inglés fue sobre todo una leyenda, un garabato visual de colores vivos en la negrura talar de los corredores de colegio. De vez en cuando se veían chicas como ella en algún documental de la televisión -me acuerdo sobre todo de uno que trataba de la vida en Londres, de la moda extravagante, las minifaldas, los tipos de pelo largo-, y a uno le daban unas congojas muy raras, sentado allí, en la mesa camilla, dominado de pronto por un instinto muy vivo de crecer y marcharse a una de esas ciudades, de conocer a una de aquellas mujeres.
En mayo del 68, uno era un mujeriego clandestino de 12 años, aunque también rezara rosarios y confesara y comulgara todos los domingos; un mujeriego casto, ignorante de todo, salvo de su desasosiego inexplicable, todavía libre de la obligación embarazosa de declarar en voz baja, al oído del confesor, que había incurrido en lo que se llamaba, no sin cierta poesía, el pecado solitario.
En mayo del 68, a pesar de la novedad de la televisión, seguía siendo apasionante leer novelas, sobre todo de Alejandro Dumas y las de Julio Verne, la incomparable intriga de El conde de Montecristo, los editoriales de Verne en la editorial Molino, uno tras otro, sin decepción y sin descanso. No sé si recuerdo, o si lo añado retrospectivamente al pasado, vagas imágenes de desórdenes en la televisión, crónicas de corresponsales en el extranjero. Faltaban muchos años para que descubriéramos que sin darnos cuenta también nosotros habíamos vivido en mayo del 68.
(Antonio Muñoz Molina. "El País Semanal",domingo 3-mayo-1998.)
4 comentarios:
Sabes que me encanta tu blog porque ya te lo he manifestado en persona, sobre todo este articulo y muchas de las fotos. Espero que sigas adelante con tu "proyecto" y nos hagas seguir disfrutando como hasta ahora. Gracias y muchos besos.
Hola Adri. Acabo de empezar a ver tu blog y me está gustando mucho. El artículo de Muñoz Molina es estupendo. Una sugerencia: cuida la elección de los colores de la letra y del fondo. La letra blanca sobre fondo negro queda bonita pero cansa bastante los ojos.
HOLA, ADRI, SOY EL NI HAO. TU BLOG ES LA OSTIA - LA HOSTIA QUE TIENEN EN ITALIA, ¿NO? -. ME HE QUEDADO ENGANCHADO SIN PODER EVITARLO. ME HAN ENCANTADO LOS ARTÍCULOS DE ESTOS VETERANOS PERIODISTAS - ESCRITORES. ADEMÁS, ME GUSTA LA ESTRUCTURACIÓN TIPO EFEMÉRIDES QUE LE DAS (NO LE FALTA DE NÁ... QUIZÁ LE FALTE EL SONIDO, ¿O NO?). ¡MIS FELICITACIONES! PERO NO TE LO CREAS DEMASIADO, ¿EH? JAJAJAJA.
Ni hao! Me alegra que os guste, a mi estos artículos también me parecen increibles. Sobre el sonido...estuve buscando el modo de poner una canción de fondo cuando se abriese el blog...pero no pudo ser! (o al menos yo no he sabido cómo hacerlo!)
Finalmente la única forma que encontré fue hacer una sección de videos y canciones!
¿Ves como no todo puede ser perfecto??Jeje!
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