Hoy tengo que escribir sobre el 68, y lo cierto es que me siento como una anciana vetusta a la que se le pide que hable de la guerra de Crimea. Quiero decir que ese 68 que hoy es artículo de mi enciclopedia y de libro de texto, fue, vértigo de pensarlo, mi adolescencia. La edad empieza a ser una realidad indigerible cuando tu propia juventud entra en el temario de los exámenes de historia.
Así es que viví aquello, y lo viví a mi modo, con mi pequeña vida. Como todos. Detesto esa memoria mentirosa y esa hambre de mito con que algunos cuarentones y cincuentones se reinventan un 68 que jamás existió. Ni fue un año épico, ni la mitad de los españoles se encontraba en las barricadas de París arrojando adoquines a la policía, ni el país entero se levantaba de manera heroica contra Franco. De hecho, la actividad antifranquista era extremadamente minoritaria, y los militantes clandestinos (entre los que desde luego yo no me encontraba) apenas si sumaban un puñadito.
Aunque creo que para entonces la mayoría de los españoles deseaban la normalización política y el final de la dictadura, lo deseaban blanda y desideologizadamente, desde sus casas, a la paciente espera de la muerte natural de Franco y con una clara desconfianza de la algarada pública: más de una vez me cerraron la puerta de un bar o de una casa en las narices cuando intentaba guarecerme allí, huyendo de los grises (¿habrá que explicar que los grises eran los policías de entonces?), en aquellas aturulladas manifestaciones en las que participé muerta de terror y deseando irme. Y lo mismo se puede decir de las costumbres: ahora resulta que, a juzgar por lo que cuentan, todo el mundo vivió aquellos años en un paroxismo de drogas y sexo; pero en realidad, la mayoría de la sociedad española era considerablemente pacata y conservadora.
Ahora bien, una vez dicho esto, he de reconocer que existió algo. Es cierto que por aquel entonces sopló en el mundo un viento innovador que acabó llegando a España un poco después, tal vez en los primeros años setenta. Es verdad que en el aire palpitaba una especie de locura colectiva, un espejismo de cambio radical, un inocente afán de ser mejores. Era una mirada nueva, que aspiraba a renovar la sociedad de arriba a abajo: desde las estructuras económicas (en varios países se crearon comunidades autogestionarias, con su propio sistema de fábricas, mercados, escuelas, centros sanitarios y tiendas, todo ello al margen del dinero) hasta el equilibrio de poder dentro de la familia pasando por las relaciones entre sexos o la reivindicaicón de otras culturas. Se quería amar de manera distinta, ver la realidad de manera distinta: por eso fueron tan importantes las drogas psicoldélicas, que ayudaban a romper la mirada convencional. No creo que el brillo remoto de mi propia juventud me esté engañando cuando digo que había una sensación tan histérica y jubilosa de cambio que era como una fiebre. No hay más que mirar hoy las películas de los setenta, con aquellos experimentos formales tan horribles y esa boba jactancia de modernidad, para comprender que estábamos todos como borrachos, perdidos por completo en el exceso.
Aquellos años fueron una explosión de puerilidad. Vistos ahora, algunos de los planteamientos contraculturales son de tal limpieza que resultan grotescos y, sin embrago, muestro escéptico y sofisticado mundo de hoy es deudor, en lo mejor que tiene, de esos tiempos. El feminismo moderno, el respeto a la diferencia (racial, sexual, cultural y religiosa), el nuevo y más flexible concepto de la familia, todo eso se originó en aquella época. En unos años en los que todos fuimos niños y jugábamos a imaginar un mundo diferente.
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