lunes, 28 de mayo de 2007

Cantautores

Los cantautores pusieron letra a los hechos del 68. La represión franquista se volcó con dureza sobre la mayoría de estos artistas consiguiendo sin embargo duplicar el eco de las reivindicaciones.
En 1968, Inmanol publicó su primer disco; tuvo que utilizar un nombre falso. Joan Manuel Serrat fue seleccionado para representar a España en el Festival de Eurovisión; dijo que no o cantaba en catalán o no iba. Finalmente fue Massiel y ganó con el La, la, la. El cantante catalán se convirtió en un proscrito. Se prohibieron sus actuaciones públicas y sus canciones en las radios; también fue vetado en la televisión pública.
Ese grupo de jóvenes inquietos se completaba con Luis Eduardo Aute, Labordeta o Rosa María Bonet, que por aquel entonces se unió estos cantautores catalanes y también tuvo que abandonar el país.
Quizá sobren las descripciones y unos pocos versos de aquella época basten para rememorar el 68 español:
Voy pidiendo libertad
y no quería oír.
Es una necesidad
para poder vivir.
La libertad, la libertad,
derecho de la humanidad.
Es más fácil encontrar
rosas en el mar.
Rosas en el mar.

lunes, 9 de abril de 2007

Los años niños. Por Rosa Montero

Hoy tengo que escribir sobre el 68, y lo cierto es que me siento como una anciana vetusta a la que se le pide que hable de la guerra de Crimea. Quiero decir que ese 68 que hoy es artículo de mi enciclopedia y de libro de texto, fue, vértigo de pensarlo, mi adolescencia. La edad empieza a ser una realidad indigerible cuando tu propia juventud entra en el temario de los exámenes de historia.
Así es que viví aquello, y lo viví a mi modo, con mi pequeña vida. Como todos. Detesto esa memoria mentirosa y esa hambre de mito con que algunos cuarentones y cincuentones se reinventan un 68 que jamás existió. Ni fue un año épico, ni la mitad de los españoles se encontraba en las barricadas de París arrojando adoquines a la policía, ni el país entero se levantaba de manera heroica contra Franco. De hecho, la actividad antifranquista era extremadamente minoritaria, y los militantes clandestinos (entre los que desde luego yo no me encontraba) apenas si sumaban un puñadito.
Aunque creo que para entonces la mayoría de los españoles deseaban la normalización política y el final de la dictadura, lo deseaban blanda y desideologizadamente, desde sus casas, a la paciente espera de la muerte natural de Franco y con una clara desconfianza de la algarada pública: más de una vez me cerraron la puerta de un bar o de una casa en las narices cuando intentaba guarecerme allí, huyendo de los grises (¿habrá que explicar que los grises eran los policías de entonces?), en aquellas aturulladas manifestaciones en las que participé muerta de terror y deseando irme. Y lo mismo se puede decir de las costumbres: ahora resulta que, a juzgar por lo que cuentan, todo el mundo vivió aquellos años en un paroxismo de drogas y sexo; pero en realidad, la mayoría de la sociedad española era considerablemente pacata y conservadora.
Ahora bien, una vez dicho esto, he de reconocer que existió algo. Es cierto que por aquel entonces sopló en el mundo un viento innovador que acabó llegando a España un poco después, tal vez en los primeros años setenta. Es verdad que en el aire palpitaba una especie de locura colectiva, un espejismo de cambio radical, un inocente afán de ser mejores. Era una mirada nueva, que aspiraba a renovar la sociedad de arriba a abajo: desde las estructuras económicas (en varios países se crearon comunidades autogestionarias, con su propio sistema de fábricas, mercados, escuelas, centros sanitarios y tiendas, todo ello al margen del dinero) hasta el equilibrio de poder dentro de la familia pasando por las relaciones entre sexos o la reivindicaicón de otras culturas. Se quería amar de manera distinta, ver la realidad de manera distinta: por eso fueron tan importantes las drogas psicoldélicas, que ayudaban a romper la mirada convencional. No creo que el brillo remoto de mi propia juventud me esté engañando cuando digo que había una sensación tan histérica y jubilosa de cambio que era como una fiebre. No hay más que mirar hoy las películas de los setenta, con aquellos experimentos formales tan horribles y esa boba jactancia de modernidad, para comprender que estábamos todos como borrachos, perdidos por completo en el exceso.
Aquellos años fueron una explosión de puerilidad. Vistos ahora, algunos de los planteamientos contraculturales son de tal limpieza que resultan grotescos y, sin embrago, muestro escéptico y sofisticado mundo de hoy es deudor, en lo mejor que tiene, de esos tiempos. El feminismo moderno, el respeto a la diferencia (racial, sexual, cultural y religiosa), el nuevo y más flexible concepto de la familia, todo eso se originó en aquella época. En unos años en los que todos fuimos niños y jugábamos a imaginar un mundo diferente.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Mayo 1968: Un testimonio. Por Antonio Muñoz Molina.

No en mayo del 68, pero tan sólo unas semanas antes, ocurrieron un par de cosas memorables: nos pusieron la tele, la cantante Masiel ganó el Festival de Eurovisión. Fue por esa misma época, llena de prodigios, cuando, para decirlo con una expresión de entonces, nos metieron el agua: en mayo del 68 tuvimos en el corral de casa un grifo, un grifo único, tan admirable y tan nuevo como la televisión, y desde entonces ya no fue preciso traer el agua en cántaros, en las canteras de esparto sobre el lomo de un mulo. Abríamos el grifo y nos quedábamos mirando el chorro de agua con la misma fascinación con que mirábamos la pantalla del televisor. Todo era tan fácil, tan asombroso, tan trivial enseguida: el agua surgiendo cuando se la deseaba, las imágenes en blanco y negro en la pantalla abombada, grande, porque era un televisor de 23 pulgadas, de la marca Vanguard, coronado enseguida con un pañito de ganchillo, dotado de un pequeño adaptador cuyo piloto rojo había que apagar por las noches, con la misma precaución con que había que apagar el aparato cuando empezaban a escucharse los truenos de una tormenta próxima, no fuera a ser que nos cayera un rayo atraído por la antena del tejado.
En mayo del 68 nos quedábamos hasta las tantas mirando la televisión, embobados, alucinados, inmóviles alrededor de la mesa camilla, asustados cada vez que sucedía una interrupción, una breve avería. En mayo del 68 veíamos los grises ceniza de todos los programas y todos los anuncios de la televisión, y sólo la apagábamos cuando sonaba el himno nacional y aparecía el caudillo. Uno iba cabizbajo camino del colegio, con la cartera en la mano, cargado de sueño y pesadumbre escolar, y pensaba con orgullo: "Es verdad, ya tenemos televisión, ya tenemos el agua". También teníamos una pequeña cocina de gas butano, y una gran radio que había empezado a quedarse olvidada en su repisa de obra, tan alta como una hornacina, pero aún faltaba algún tiempo para que tuviéramos el frigorífico, que se exhibiría en la sala de estar al lado del televisor, teniendo a veces encima una de aquellas capillas portátiles con una Virgen de escayola que las vecinas de pasaban por turno, de casa en casa, siempre a la caída de la noche.
En mayo del 68, los torvos curas de mi colegio salesiano organizaban larguísimas jornadas de ejercicios espirituales, y aunque eso tenía la ventaja de que no había que estudiar, era un plomo insoportable pasarse horas y horas en silencio, o escuchando sermones sobre don Bosco y santo Domingo Sabio, o rezando rosarios. A un alumno interno, que era inglés, venía a visitarlo de vez en cuando su hermana, y al verla se le pasaban a uno todos los propósitos de pureza y de religiosidad que hubiera alentado en el sopor de los ejercicios espirituales: una chica rubia, con el pelo largo, con el abrigo corto, con una minifalda espectacular, una criatura como llegada de otro mundo, casi una aparición al fondo de uno de aquellos corredores sombríos, un relámpago de algo que nos trastornaba y ni siquiera sabíamos del todo lo que era, el deseo, la vida exterior, un presentimiento de franqueza sexual que desaparecía tan velozmente como había surgid: la hermana del interno inglés fue sobre todo una leyenda, un garabato visual de colores vivos en la negrura talar de los corredores de colegio. De vez en cuando se veían chicas como ella en algún documental de la televisión -me acuerdo sobre todo de uno que trataba de la vida en Londres, de la moda extravagante, las minifaldas, los tipos de pelo largo-, y a uno le daban unas congojas muy raras, sentado allí, en la mesa camilla, dominado de pronto por un instinto muy vivo de crecer y marcharse a una de esas ciudades, de conocer a una de aquellas mujeres.
En mayo del 68, uno era un mujeriego clandestino de 12 años, aunque también rezara rosarios y confesara y comulgara todos los domingos; un mujeriego casto, ignorante de todo, salvo de su desasosiego inexplicable, todavía libre de la obligación embarazosa de declarar en voz baja, al oído del confesor, que había incurrido en lo que se llamaba, no sin cierta poesía, el pecado solitario.
En mayo del 68, a pesar de la novedad de la televisión, seguía siendo apasionante leer novelas, sobre todo de Alejandro Dumas y las de Julio Verne, la incomparable intriga de El conde de Montecristo, los editoriales de Verne en la editorial Molino, uno tras otro, sin decepción y sin descanso. No sé si recuerdo, o si lo añado retrospectivamente al pasado, vagas imágenes de desórdenes en la televisión, crónicas de corresponsales en el extranjero. Faltaban muchos años para que descubriéramos que sin darnos cuenta también nosotros habíamos vivido en mayo del 68.
(Antonio Muñoz Molina. "El País Semanal",domingo 3-mayo-1998.)